En las paredes y las ventanas veo los dibujos de Tintín y de los otros personajes: el perrito Milú, Capitán Haddock, El profesor Tornasol, Hernández y Fernández (en holandés Jansen en Janssen) y mi personaje favorito de los libros de Tintín: Bianca Castafiore, la desafinada cantante de ópera.
Es el sitio ideal para quedar. Hay mucho para ver y el café con leche es estupendo. De vez en cuando leo un artículo en el periódico. De pronto hay dos manos que se juntan cubriendo mis ojos y una voz femenina pregunta:
‘¿Quién soy?’
Influenciado por tantos dibujos a mi alrededor, repito un chiste de Tomás el Gafe, un tebeo de mi juventud, y digo los nombres de las amigas de Ámsterdam:
‘¿Judith? ¿Els? ¿Loekie? ¿Astrid? ¿Monica? ¿Simone?’
‘Es humor holandés’, le oigo explicar.
Me doy la vuelta y la saludo. Después me presenta a su colega: un hombre de unos cuarenta años con gafas y ya un poco menos de pelo. Siento un cierto alivio. No es un fanático, a la primera vista. Alguien que juega al fútbol por diversión y quizás un poco para ponerse en forma, como yo.
Mientras Ana hojea el periódico, me siento con su colega en otra mesita.
‘¿Eres un buen jugador?’, me pregunta.
‘Bueno, no soy un Van Nistelrooij’, explico.
Asiente con la cabeza en comprensión y remueve su café.
‘¿Y en qué posición juegas?’
‘Normalmente centrocampista.’
‘Ajá, como Esneijder.’
Como a tantos españoles le cuesta pronunciar una palabra que empieza con la letra ‘s’ en combinación con otra consonante.
‘Más bien soy alguien que hace metros, como Bakero solía hacer en Barcelona.’
Con este último comentario quiero mostrar mi conocimiento del fútbol español. Y parece funcionar.
‘¡Quizás acabo de descubrir un nuevo talento holandés!’, dice con una sonrisa y pregunta:
‘¿En qué club holandés juegas?’
‘Este club famoso de Ámsterdam de cuatro letras de las cuales dos son un ‘a’.’
Esta vez imito un chiste de los hermanos Noorman, los dos humoristas de mi equipo.
‘¿Ajax?’
‘No, Taba.’
Me mira pensativamente.
‘Pues bien, si quieres, puedes jugar con nosotros. Jugamos cada domingo por la tarde. Desde luego tienes que ser miembro del club.’
Dubitativamente miro a Ana quien me vuelve una mirada alegre, que muestra algo de orgullo por haber arreglado esta conversación.
‘La verdad es que pensé que jugarais en un parque un partido entre amigos,’ digo.
‘Que no, es una competición oficial.’
‘Es que estoy aquí solo unas pocas veces al año, cuando tengo vacaciones. Solamente en las vacaciones del verano estoy aquí por un periodo más largo.’
‘Pues, en el verano no hay competición.’
La conversación se queda un momento en silencio, hasta me hace la pregunta habitual en España:
‘¿Es cierto que en Ámsterdam es legal comprar marihuana en los coffeeshops?’
Un poco más tarde Ana y yo tomamos el segundo café con leche.
‘Qué lástima, ¿no? Habría sido tan agradable si pudieras jugar al fútbol aquí también.’
‘Jugar al fútbol, lo hago en Ámsterdam. Aquí me dedico a caminar por las montañas.’
‘Eso también es muy saludable. Ahora tengo que volver a la oficina.’
No besamos. Después se pone su abrigo y sale del bar. Por la ventana me saluda con la mano y desaparece detrás de un dibujo de Hernández y Fernández. Tomo el mapa de El Bierzo para ver si esta mañana me queda tiempo suficiente para andar a Toral de Merayo.
20 de febrero de 2008
Rolando de Corazón

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