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El autobús a Ponferrada

Es la una y media del sábado. Le pido al camarero la cuenta porque tengo prisa. No, esta vez no es para ir a jugar al fútbol. Tengo que coger el autobús. El autobús a Ponferrada.

Afortunadamente, el camarero llega rápido. Soy el único cliente en este restaurante. Y eso en Madrid. ¿Puede ser que el viajero con tanta experiencia no haya acertado con la selección del restaurante? No. Cuando entré aquí era todavía antes de la una. Demasiado temprano para comer en España. No se come lunch aquí,  se come La Comida después de las dos. Pero la cocina ya estaba abierta y pude pedir un menú barato. El vino incluido. Increíble. Significa que en el bus tendré que hacer una siesta amplia. Con mi mochila puesta salgo del restaurante. Lluvia. Un cielo holandés. Frío. Rápidamente entro en la estación del metro.   

¿Qué está pasando? Muchos pasajeros en este vagón están leyendo un libro. ¿Cuántos son? Cuento diez lectores. Echo una mirada furtiva a la portada del libro del hombre a mi lado. Platón. ¿Todos estarán leyendo filosofía? ¿Ese chico que allí está tan sumido en su libro también? Debe ser que lee Harry Potter. Si no, de veras subí en andén 9 ¾. No logro averiguar lo que está leyendo. Tengo que bajar. 

‘Completo,’ dice el hombre áspero desde detrás de la ventanilla. ‘Pues, ¿a qué hora sale el siguiente autobús?’ ‘A las seis.’ Compro el billete y miro mi reloj. Me quedan más de tres horas para pasar en Madrid. Resignadamente ando hacia la consigna. Liberado de la mochila, ¡por fin!. ¿Y ahora qué? Con el metro de vuelta al centro de la ciudad.

Estoy en un Gran Café en la Gran Vía. Un café con leche sobre la mesa. Y el cuaderno que acabo de comprar en El Corte Inglés. Escribo los primeros párrafos de mi columna. De pronto tengo curiosidad por el resultado del partido de mi equipo. Miro mi reloj. Ya casi las cinco. Un mensaje de texto corto  a Art: ‘¿Y?’

De nuevo en el metro. Solo dos pasajeros con un libro. Aún más que la media en Holanda. Cuando subo la escalera mecánica, suena mi móvil. ‘Ganamos 5-2’, leo. Recojo mi mochila y subo al autobús.

El bus gira hacia la circunvalación de Madrid. Escribo en el cuaderno el último párrafo de este Fútbol y Sexo. Es verdad que mi equipo ganó hoy en mi ausencia, pero la mejor finta hice yo. Cogí el metro hacia el sur de Madrid para coger en la Estación del Sur un autobús hacia el norte de España. Toda una península engañada. ¿Una acción en solitario? Nada de eso. El autobús está lleno de pasajeros, la mayoría ya durmiendo, que es lo que voy a hacer ahora también. 

4 de marzo de 2006

Rolando de Corazón





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