En los Países Bajos, este bar se llamaría Café Sport. Fotos del Real Madrid cuelgan de la pared. Una de todo el equipo con la Copa de Europa. Otra de Zidane. Ese gol tan famoso de él en el final. Voy a la barra para pedir dos cañas. Unos hombres mayores miran la pantalla con suprema concentración. Fútbol. Ni idea de que equipos juegan. Tampoco importa. Siempre me gusta ver un partido. Veo una buena combinación, seguida de un disparo. El portero lo detiene asombrosamente. Los hombres y el camarero asienten con la cabeza. Hago lo mismo. Contacto.
Siento dos manos en mis caderas. Miro hacia atrás. Dos ojos marrones brillantes. ‘¿Estás viendo el fútbol otra vez? ¿Es eso tan importante para ti?’, me pregunta en castellano. Respondo que siempre puedo ver el fútbol. Cuando eres un jugador tu mismo, miras ese juego de manera muy diferente, porque sabes lo difícil que es tomar decisiones rápidas en el juego.
Volvemos a nuestra mesita en la esquina del bar. Continúo mi monólogo sobre el fútbol.
‘Cuando juego, olvido de todo lo que me rodea; estoy completamente absorto en el juego; el balón, mis compañeros y los oponentes. Todas las preocupaciones se alejan de mí; estoy libre.’ Cuando interrumpo un rato este discurso tan profundo para comerme una aceituna, me pregunta si hoy lo pasé mal porque no he jugado. Sus ojos están anclados en los míos. Afirmo que no era fácil. Digo: ‘Es que nosotros, los jugadores de Taba 5, hemos jurado solemnemente que la carrera profesional, la pareja o el amor nunca deben venir a costa de jugar al fútbol el sábado.’ Por un momento, algo parece romperse. Ella se vuelve a conectar. Entiende que estoy haciendo una broma; mi presencia en Madrid en un fin de semana lo muestra claramente. ‘Qué emocionante’, dice con una sonrisa, ‘ suena casi como un libro de aventuras para muchachos. Pero una cosa tienes que saber, Corazón, este fin de semana has entrado en una novela romántica, y una de las más cursis que hay.’
17 de octubre de 2003
Rolando de Corazón

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