Mientras el
sonido relajante de un arroyo suena debajo de la terraza, miro los picos
nevados de La Sierra Nevada. Me gustaría subir hasta allí. Es un poco extraño,
esa incontrolable necesidad de querer ver el otro lado de la montaña. De ahí viene
la satisfacción cuando estás en la cima más alta. Ah, sí, las montañas. A
menudo parecen ser tus mejores amigos, pero antes de que te des cuenta, se
convierten en tu pareja estable. El cloqueo de un rebaño de cabras me despierta
de estos profundos pensamientos filosóficos. ¿Qué habrán hecho los chicos el
sábado pasado?
Ojalá cancelae el partido por la lluvia. Ya sé, es un pensamiento malo, pero no me
gusta que todos se diviertan cuando yo no estoy allí. Quién sabe, quizás ganen
convincentemente. Un desastre. Significaría que tenga que escuchar todos esas
bromas malas el próximo sábado. "Sí, Corazón, no sé qué era diferente,
pero el sábado pasado de repente jugamos tan bien." O: "Corazón, ¿sabes que Marcel fue una revelación
jugando en tu posición?" "¿No dijiste que te gustaría tener un poco
más de tiempo para escribir tu columna?"
Pero es más
probable que el líder de la competición, Sint Louis, los supere por completo. Aunque
sea así, tampoco me gusta perder estos momentos. Porque procesar una derrota
puede ser al menos tan divertido como celebrar una victoria. Con unas cervezas,
allí afuera de la cantina, todos sentados sobre la hierba del campo. Quizás
también hay una bandeja con croquetas calientes. Son los placeres de cada
sábado de la temporada.
Eso no es como
debe ser. Estoy sentado aquí, en el lugar ideal para vacaciones, tan lejos de
Ámsterdam, pensando en lo que pasa allí en vez de disfrutar el ahora y el aquí.
Y todo eso por el maldito fútbol. Eres mucho Corazón, Corazón. Demasiado Corazón.
Trevélez, 16
de abril de 1999
Rolando de
Corazón
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