Es un sábado frío en la ciudad deAlmere. Pero en el vestuario hace calor. Pieter abre la botella de champán. Todos esperamos impacientemente con el vaso de plástico en la mano. Brindamos y después cantamos una canción de cumpleaños. Olvidado parece el partido tan malo. En este momento digo: ‘Cumpleaños o no, Pieter, no estás nominado para el mejor jugador del partido.’ (Una de mis tareas de capitán del equipo era elegir el mejor jugador). ‘¡Y Anton y Richard tampoco!’ Mis compañeros no hacen caso a mis palabras. Justamente cuando todo está tan agradable, Corazón necesita reavivar el disputo que tenían en el descanso.
Mientras los copos de nieve caían en revoloteo, los jugadores andamos hacia el vestuario para el descanso. Pero algo se fermentaba en mi cabeza. ¿Cuántas veces yo había corrido como un loco sin recibir ningún pase? Y eso porque Richard prefería driblar aunque había tres defensores a su alrededor. O porque Pieter probaba marcar un gol con un tiro de larga distancia. O porque Anton probaba conducir el balón desde la defensa hasta la portería del oponente. Y yo todo el tiempo trabajando como centrocampista. En el vestuario nos sentamos y tomamos el té. ‘¡Chicos, nunca más quiero ser centrocampista en este equipo!’, proclamé dramáticamente. Nadie reaccionó. ‘Tantas veces estoy completamente libre, pero nunca recibo ningún pase. Siempre los delanteros van por su propio éxito y ¿ayudan en la defensa? ¡Olvídalo!’ Los otros bebían el té con la mirada perdida. Ya más de 18 años nuestros delanteros jugaban así. No van a cambiar de pronto porque están en Almere en la nieve. Todavía quería hundirme más en la autocompasión. ‘Pues bien, si tenéis la opinión que no merezco pases, de ahora en adelante jugaré los domingos en el equipo de los veteranos.’ Anton rompió el silencio que había después de mis palabras. ‘Genial, este problema está resuelto.’
También ahora, mientras estamos bebiendo el champán, Anton es el único que reacciona. ‘¿Pero si yo no voy a ser el mejor jugador del partido, quién diablos va a ser?’ ‘Frank está nominado porque evitó una derrota más grande como portero. Y Koen, desde luego.’ Al oír su nombre, Koen dice asombrado: ‘¿Yo? Pero no jugué nada bien.’ ‘Quizás no, pero ya tengo una idea para el próximo Fútbol y Sexo, y tú apareces en el relato.’ Con mi vaso de plástico con champán en la mano ando a la ducha y deja que el agua calienta mi cuerpo cansado. ¡Qué bueno! Mis pensamientos vuelven a la semana pasada. Aquel sábado, allí en España.
Ya es de noche. Vamos en coche desde Ponferrada a Salamanca. Pasamos el tiempo con enseñando el uno al otro los tacos de nuestros idiomas, muchas veces partes íntimas del cuerpo. ‘¡Polla!’ ‘¡Pik!’ ‘¡Coño!’ ‘¡Kut!’ ‘¡Cojones!’ ‘¡Klote!’ ‘¡Culo!’ ‘¡Kont!’ Después de este inicio hilarante del viaje, poco a poco la melancolía se apodera de nosotros. Ya mañana tendremos que despedirnos. En la luz de los faros leemos en las señales los nombres de las ciudades a las que no vamos: Zamora, Valladolid, Segovia. Hablamos de la vida y de la muerte, de la esperanza y de la decepción. Hablo sobre los temores que tenía el año pasado, cuando apenas podía andar o ir con bicicleta por una lesión de fútbol. Y eso había ocurrido en una tarde de entrenamiento por una acción descontrolada de unos de mis propios compañeros. ¡Koen!’ (que se pronuncia como: Kun) Por un momento ella me mira con las cejas fruncidas, claramente pensando que había utilizado una de esas palabrotas holandesas. ‘¿Kunt?’, me pregunta vacilante. ‘Si, Kuño,’ contesto.
15 de marzo 2006
El título de este Fútbol y Sexo es un homenaje escondido a uno de mis libros favoritos: Mañana en la batalla piensa en mi de Javier Marías.

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