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¡Qué huelas bien!

‘¡Qué huelas bien!’ le digo mientras ella sale del baño en una nube de perfume. Es que he aprendido que un pequeño cumplido puede hacer la diferencia. Con una frase tan corta como ‘¡Qué huelas bien!’ se puede lograr mucho con poco esfuerzo. Me dirijo de nuevo a su hermana para continuar la conversación sobre los acontecimientos políticos en España, cuando veo que ella apenas puede mantener la risa. De pronto, las dos mujeres sueltan la carcajada. ‘¡Ja, ja ja! ¡Qué huelas bien! ¡Ja, ja ja!’ Al parecer acabo de decir algo gracioso. Mientras las dos mujeres siguen riéndose, mis pensamientos vuelven en el tiempo, ya hace diez años, cuando estaba con mis amigos holandeses haciendo autoestop para llegar a un pueblo remoto en los Pirineos. 

Inmediatamente tuvimos éxito. El primer coche se detuvo. Desde luego yo tenía que sentarme al lado del chófer, porque podía hablar un poco castellano. La conversación se desarrolló más o menos así.

- ¿A dónde vais? 
- Vamos a la alta montaña. 
- Tenéis que tener cuidado, eh, puede ser peligroso.
- Solamente vamos a andar, sin cuerdas.
- ¿Sin cuerdas en absoluto?
- Sin cuerdas en absoluto.
Por un momento había un silencio. El chófer me miró con asombro.
-¿Y qué hacéis cuando hace frío? 
Ahora me tocó a mí mirarlo con asombro.
- Bueno, nos ponemos nuestros suéteres.
- ¿Solo un suéter? ¿Nada más? 
- O en caso de lluvia un abrigo.

Después no había mucha conversación, lo que apreciaba. De esta manera podía disfrutar el paisaje maravilloso a nuestra alrededor. No fue hasta el día siguiente, cuando estábamos ascendiendo una pendiente empinada, que me di cuenta de que en aquella conversación había confundido el castellano y el inglés. Había dicho ropa, que parece a la palabra inglesa rope, en vez de cuerda. Probaba reconstruir la conversación como de veras había sido.

- ¿A dónde vais? 
- Vamos a la alta montaña. 
- Tenéis que tener cuidado, eh, puede ser peligroso.
- Solamente vamos a andar sin ropas.
- ¿Sin ropa en absoluto?
- Sin ropa en absoluto.
Por un momento había un silencio. El chófer me miró con asombro.
- ¿Y qué hacéis cuando hace frío? 
Ahora me tocó a mí mirarlo con asombro.
- Bueno, nos ponemos nuestros suéteres.
- ¿Solo un suéter? ¿Nada más? 
- O en caso de lluvia un abrigo.

Mientras tanto en Ponferrada, las dos hermanas todavía se ríen. Ahora están deseando la una a la otra: ‘Feliz Año Nuevo y que huelas bien!’ Lentamente empiezo a darme cuenta de mi error. No es ‘¡Qué huelas bien!’, sino ‘¡Qué bien hueles!’.  Sin duda, en unos años habrá lingüistas que van a investigar de dónde viene esa costumbre extraña en El Bierzo de desearse un buen olor en Año Nuevo. No creo que puedan reconstruir el rastro hasta esta vivienda en Ponferrada en una mañana soleada de unos de los últimos días del año 2006.

29 de enero de 2006
Rolando de Corazón

1 de enero de 2007: celebrando un buen olor


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